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viernes, 11 de septiembre de 2026

Mis amigos de la pesca: LOS MÚSICOS TAMBIÉN PESCAN. Jornada en el pantano de Luna




Isidro, Manolo, Toño, Pedro y Gelo (Charuto) “un quinteto musical” pescando una caldereta de los pastores de Luna…

 

Texto y fotos: Eduardo García Carmona

 

No es un sueño, aunque muchas veces he soñado en volver. Son recuerdos en estos días especiales con “mis amigos de la pesca”, jornadas en tienda de campaña en plena naturaleza con los montes de Mirantes de Luna (León) a un lado y al otro el pantano del Luna.
Son historias a pie de pantano que parece que no volverán porque estamos “metidos en años” y tenemos la acampada libre prohibida. Éramos más jóvenes, claro. Teníamos ganas de aventuras, también. Trabajábamos mucho, cada uno en lo suyo y  con el pluriempleo por medio, casi no teníamos fechas disponibles para poder realizar “el fin de semana del año en el pantano” pero, casi siempre, se nos arreglaba.

Los que inicialmente comenzaron las jornadas del pantano de Luna, fueron: Toño, Pedro, Gelo (Charuto), Isidro (Chumino) y Manolo, un quinteto de música como “Cometa Halley” al completo. Así eran conocidos en el mundillo artístico aunque,  unos procedían de Vª Unión, otros de Los Paladines y de Juan Cinco Almas. El agregado era yo, amigo de todos, aunque algún año faltase. Las esposas de cada uno eran las más felices porque nos perdían de vista de jueves a domingo una vez al año.

Todo lo preparábamos con mucho tiempo y cuando se acercaba el día no dormíamos  pensando en si se nos olvidaba llevar algo y, sobre todo,  por las ganas de llegar.

Eran momentos de felicidad. Las mejores vacaciones para unos “currantes” que necesitaban estar en contacto con la naturaleza y disfrutar de la amistad.


Isidro, Pedro, Charuto y yo salíamos de León el jueves. Después de cerrar sus establecimientos comerciales Manolo y Toño, se incorporaban la noche del viernes.

Tres tiendas de campaña y muchos víveres, quizás demasiados para pasar tres días, no vaya a ser que pasemos hambre y sed, decía Pedro.

Sabiendo lo que sabía el “rizoso barbudo”, las cajas de vino abundaban. El orujo, lo llevábamos en un garrafón de 16 litros, por si acaso. Melones y sandías como para vender a pie de carretera. Carne de cordero, patatas en abundancia, huevos, panceta en piezas completas, no faltaba de nada. El “frigorífico” era natural y nunca fallaba, era un reguero de aguas limpias y cristalinas, frías como el hielo, que bajaba de la montaña de Luna. Allí todo se conservaba gracias a la “madre naturaleza” que sin lugar a dudas es lo mejor. Lo peor del reguero era cuando nos lavábamos por las mañanas para quitar legañas nocturnas y las señales de las juergas. Otros intentaban pasar por el reguero cuando más calentaba el sol aunque en la montaña el agua siempre estaba fría. Era tan fría que nos “hacia agujeros en la cabeza” cuando nos metíamos bajo una pequeña cascada.

Antes de llegar al campamento base, los coches los dejábamos en un aparcamiento a pie de carretera y a unos 300 metros de Mirantes de Luna. Allí los dejábamos los tres días y medio que duraba “la excursión de pesca y amistad”. No los tocábamos para nada.

Todo lo que había en los coches tenía que ser llevado al campamento. Para llegar, había que cruzar la carretera y desprender un tramo de la alambrada de espinos metálicos que cerraba la pradera por donde, junto al riachuelo Los Molines, atravesábamos la misma para llegar a una gran peña caliza donde se estrechaba el paso. Justo antes, en un tramo de pradera con abundantes avellanos al lado del riachuelo, acampábamos los tres días y medio.

Con todo el material en la pradera, había que acondicionar la zona donde colocar las tiendas porque, además de alguna roca caída, siempre nos encontrábamos las sebes crecidas pero, el machete “cubano” de Pedro, de esos de cortar caña de azúcar, hacía de maquinaria acondicionadora.

Asentados los suelos de las tiendas, cada pareja montaba la suya. Charuto y yo, juntos por “roncones” y un poco separados del resto para no molestar a las musas. Pedro y Toño, “pareja de hecho” y Manolo e Isidro “los manitas”, casi juntaban tienda con tienda. La zona libre de la pradera quedaba para la “cocina” o sea, la hoguera acondicionada con las piedras de la zona para que las chispas no saltasen y fuesen para las tiendas o pudiese provocar un incendio en la maleza contigua.  La otra cocina, la de gas que también llevábamos, quedaba junto a las mesas, en la zona de sombrío próxima al riachuelo.

Como normalmente acudíamos al pantano a finales de Julio o primeros de Agosto, los días de calor se sucedían en la montaña leonesa, aunque por la noche el “frio” se hacía notar. O sea, mantas y sacos de dormir nunca sobraban.

Instalados y con los “vientos” bien fijados para que la tienda no sufriese algún percance, había que ir preparando la cena. Antes, durante y después, la bota de vino se movía asiduamente. Era el momento de cortar jamón, chorizo, lomo o, incluso, de hacer unos huevos fritos porque, la primera noche, era la primera.

Manolo, Isidro y yo preparábamos la cena, el acordeón de Toño nos daba alegría y ánimos. Los cánticos de Gelo y Pedro, hacían el resto. Eso sí, la bota continuaba corriendo.

La cena era espléndida. Había que reponer fuerzas porque, parece que no pero, el trabajo de “montaje” de tiendas y acarreo de material, desgastaba bastante.

Comer, beber, cantar, reír y disfrutar era lo que hacíamos la primera noche. Por cierto, nuestros cánticos “celestiales” retumbaban en la noche junto a la roca donde se asentaba el campamento, enviando nuestras voces por el aire como si de ondas “herzianas” se tratase, a muchos metros a la redonda. Nuestra alegría musical, en forma de orgía sana, llegaba a todos los rincones de aquella zona del pantano como si de una radio o altavoz se tratase. Bueno, tan lejos no pero, sí al camping que existía próximo a nosotros próximo a Mirantes de Luna, donde muchas familias pertenecientes al Club Náutico, pasaban días de asueto. Incluso, alguna noche bajaban campistas y nos acompañaban.

Con la llegada de las primeras luces del día y el sol en todo lo alto, había que levantarse. Los trinos de los pajarillos, el sonido de los grillos o el discurrir del agua del arroyo creaban una sinfonía única que, pese a los “efluvios” nocturnos, nos hacían levantarnos con alegría, aunque con pesar en el cuerpo y el estómago.

Había que preparar el desayuno y de ello se encargaban Manolo e Isidro, con la ayuda de alguno de nosotros.

Mientras uno cortaba el beicon, otro freía los huevos. Toño, Pedro y yo, hacíamos el resto, cortar la hogaza de pan, poner los platos y calentar la leche. Gelo, era el último en estirar músculos, aunque el primero en fumar. Creo que salía de la tienda de campaña con él en la boca.

Tras el opíparo desayuno y pensando ya en lo que había que preparar para comer, se confeccionaba el orden y ruta del día.

Había que bajar a pescar.

Con todos los artilugios de pesca: cañas, carretes, hilos, moscas, cucharillas y, aún faltaba el cebo natural que cogíamos escarbando en la orilla del riachuelo Los Molines o en las proximidades del pantano nos lanzábamos camino del pantano.

Pescar, pescar truchas pocas, escallos y cachos, algunos junto con alguna boga. Era lo que abundaban. Como la pesca era “sin muerte”, devolvíamos los peces otra vez al agua, salvo si salía alguna buena trucha que, alguna salió.

Hacía calor y sobraba hasta la camiseta. Vamos, “nos freíamos”. Antes de subir al campamento tras la jornada de pesca, nos acercamos al Club Náutico para tomar algo en el bar. Allí dialogamos y disfrutábamos den unas cervezas frescas.

De vuelta al campamento, mientras unos pelábamos patatas, otros hacían el fuego y Manolo, preparaba el recipiente “heredado de los pastores” para hacer una CALDERETA, con mayúsculas, al estilo de los pastores de Luna. Toda la familia de Manolo es natural de Mirantes de Luna

, localidad hoy prácticamente abandonada de la que sólo quedan dos casas en pie, en lo que al pueblo antiguo se refiere.

A medida que Manolo removía con cuchara de palo la caldereta, el ambiente se impregnaba de un olor único, delicioso y que “alimentaba”.

La cocción a fuego de leña de la montaña, era lenta, lenta y el batería del grupo musical Halley, así nos lo explicaba.

Como la caldereta se hacía esperar, Pedro e Isidro comenzaron a cortar jamón y chorizo, haciendo correr la bota sin que se desperdiciara una gota “del tesoro de Baco”. Estaba delicioso el vino en bota. No era para menos, teníamos las botellas metidas en el riachuelo y tenían una temperatura idónea para tomar en pleno verano, sin que nos hiciese daño.

Dimos buena cuenta del embutido, sin olvidar al cocinero y, cuando nos pusimos a comer eran más de la cuatro de la tarde. Prisa no teníamos.

La caldereta de Manolo deliciosa no, lo siguiente. Todos le dimos un diez. Melón unos, sandía otros, el café se estaba haciendo y el orujo no podía faltar.

Preparamos las mesas cobijándonos en un agujero que abrimos entre los avellanos con sombra idílica y el sonido del agua del riachuelo refrescando, llegó la partida de mus. Como siempre reñida y discutida. Toño, hacía de árbitro y Manolo, Isidro, Pedro, Charuto y yo, nos jugábamos los puestos en la mesa. Al final era lo de menos porque de lo que se trataba era de pasar el rato.

La tarde, la dedicamos a pasear sin correr mucho para no cansarnos para la “tarea nocturna”. Nos acercábamos, otra vez, al Club Náutico de Mirantes que nos quedaba al lado. Allí saludamos a amigos, entre otros al presidente, Rafa Ramón compañero de Radio Popular de León que estará en “el cielo” leyendo esto, seguro, y acordándose de nosotros.

Toño, sacaba el acordeón, Pedro, la guitarra a medias con Isidro. Coro de voces, palmas y cachondeo: Gelo y Carmona. A la batería, Manolo.

Y nos dieron las nueve, y las diez, las once y las doce, la una y las dos  y “desnudos al amanecer fuimos a gatas por la pradera” hasta las tiendas de campaña.


El segundo día más o menos igual. Sin entrar en los pormenores, apuntar que el despertar fue peor que el día anterior. El desayuno parecido pero, Charuto no se metía en el agua porque estando tan fría y tenía tanto miedo a que le diese un mal, que prefería que se le notase la porquería, aunque disimulaba que no se metía en el agua del arroyo porque había muchos bichos.

Había que hacer algo de ejercicio después de visitar “roca” en plena montaña.

La ruta del día era ir a Mirantes de Luna pueblo antiguo de donde descendía Manolo. El paisaje era precioso pero no había ni una casa en pie, al menos en la zona principal del pueblo, si antes de subir.

Allí estaba para saludarnos el tejo centenario junto a lo que quedaba de la iglesia. Llegaron los recuerdos y Manolo como buen “Cicerone” nos mostraba el lugar de la casa de sus ancestros. Bueno, las piedras.

Sin ser “sueños”, los recuerdos se hicieron presentes,allí jugaba yo con mis amigos y mis primos”. “Allá arriba subíamos con el ganado”. “Por aquella zona escondíamos tesoros y a la luz de la luna, allí le di el primer beso a una amiga”. Los recuerdos se sucedían como las fotos que nos hacíamos. Una gran jornada.

El resto, más o menos como el día anterior.

Manolo, Isidro y yo, bajábamos al pantano a pescar y los otros visitaban el Club Náutico y preparaban la comida. Después, jugar la partida y dormir la siesta.

Después a preparar la cena y a hacer correr la bota de vino. Más leña al fuego, patatas y chorizos envueltos en papel de periódico y papel de aluminio, para que no se quemasen y, tras comernos las viandas, más queimada.

¡¡¡Qué vida más chunga…!!!

El despertar de la tercera noche era el peor. El domingo tocaba recogerlo todo y, después de comer marchar para León.
Las caras denotaban cansancio y pesadumbre a la vez.

Desayunamos, como siempre: huevos fritos, beicon y chorizo con el pan de hogaza, más el café con leche, algunos, porque otros hacían el desayuno con la bota cerca.

Con el estómago repleto, teníamos que recoger el campamento, desmontando las tiendas, doblándolas, colocando varillas, vientos y piquetas, sacudiendo mantas y sacos de dormir.

No daba tiempo para más así que no preparábamos comida ese día. Solo recoger el camping y llevarlo todo hacia los coches. Sólo dejábamos las mesas y las sillas sin recoger.

Con el desayuno abundante y tardío, sólo quedaba tiempo para el relax y el recuerdo antes de coger los coches para bajar hasta la capital del antiguo reino de León.

Era el momento de la nostalgia, de visualizar mentalmente a las esposas e hijos a los que no veíamos desde hacía tres días; a los amigos; recordar el trabajo al que teníamos que acudir al día siguiente, salvo quien estuviese de vacaciones y de preguntarnos si volveríamos al año siguiente.

Curiosamente, no volvimos más. ¿Saben por qué?

Fue el año de un tremendo incendio en el que murieron algunos bomberos y el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, entre otras medidas, prohibió la acampada libre.

Así, de ésta manera se terminaron nuestras aventuras de acampada en el Pantano de Luna, donde la pesca, que el primer año era lo más importante, se fue arrinconando para casi olvidarla, al igual que al mundanal ruido, el trabajo rutinario y, en plena naturaleza, disfrutar de tres días inolvidables en buena compañía de amigos y dónde la amistad imperaba sobre todo lo demás.

Gracias Isidro, Manolo, Toño, Pedro y Gelo (Charuto) por aquellos días maravillosos donde convivíamos en plena naturaleza y desarrollamos nuestra amistad. Siempre estaréis  entre “mis amigos de la pesca” aunque lo de pescar era una disculpa para disfrutar amigablemente en plena naturaleza. Ojalá pudiésemos volver a juntarnos aunque, en tienda de campaña estando próximos a los ochenta años, como que no pero casa de Isi o Manolo en Buiza de Gordón todo sería proponerlo.

 

viernes, 4 de septiembre de 2026

Mis amigos de la pesca: JUAN CARLOS VELASCO MARÍN, pescador y artesano del montaje de moscas para la pesca...



JUAN CARLOS VELASCO MARÍN
, pescador y artesano del montaje de moscas para la pesca
con parentesco en Asturias, León y País Vasco. Un “manitas” del bambú refundido.

 

Texto y fotos: Eduardo García Carmona y J.C.V.M.

 

Le conocí en la Muestra del Gallo de León de La Vecilla y coincidimos en un Nacional de Mosca a orillas del río Órbigo hace unos años. Desde entonces somos amigos “virtuales” y nos seguíamos por facebook.

JUAN CARLOS VELASCO MARÍN es un vasco nacido en Donostia, con padre asturiano de Cabañaquinta, y madre vasca que desde temprana edad reside en La Rioja por circunstancias paternas.

La Rioja es tierra de los grandes “caldos”, mucha historia y excelentes ríos que se están perdiendo por desidia humana y una administración Autonómica que no “hace los deberes para con la naturaleza” aunque con el cambio climático y la concienciación ciudadana parece que va revirtiéndose la situación.

Siendo hijo de un asturiano nacido a orillas del río Aller que baja del puerto de Vegarada en el límite con León y pescador que lo hacía en San Sebastián en el río Trintxerpe, nada es de extrañar que el “chaval” continuase la saga familiar. Comenzó pescando a “tralla” o varal, viendo a su suegro y se aficionó al montaje de moscas viendo a un cura en un pueblo de León.

Su progenitor junto con sus hermanos acudían a pescar cada verano  llevando con ellos a Juan Carlos, “me dejaban al cuidado de las cañas de bambú de tres piezas y una rastra de moscas colgando del petril del puente desde el que observaba cangrejos, loinas y así empezó mi despertar como pescador”, apunta nuestro protagonista.

Viviendo en tierra de grandes vinos era normal que descubriese el río Oja y más siendo su esposa, también pescadora, de la localidad de Ezcaray. También otros dos grandes ríos: Iregua y Najerilla de los que quedó prendado, “la pena es que hayan decaído tanto en los últimos años”, apunta.

JUAN CARLOS pescaba entonces a lombriz y a boya, comenzado a hacer los primeros pinitos con la cola de rata, “allí, acompañando a mi suegro, comencé a ver pescar a tralla, como pescaban los aldeanos. El varal que decís por tierras leonesas. Los varales o trallas los hacía yo mismo. Otro tanto ocurría con los moscos y líneas. Era una época en la que en la orilla del río había artesanos autosuficientes”.

Así fue como VELASCO MARÍN se aficionó a hacer cañas para pescar sin carrete, generalmente, de tres o cuatro piezas de hasta 5´50 metros de longitud con caña de bambú. Luego vinieron las de bambú refundido siendo, JOSÉ RAMÓN ALONSO LÓPEZ, quien le situó frente a ellas enseñándole todo su saber para confeccionarlas. Con el tiempo, el alumno terminó convirtiéndose en un maestro siendo sus productos muy solicitados y no sólo por coleccionistas. Un fenómeno.

Las moscas para pescar eran otra historia más complicada. En un principio las compraba pero aquellos cuerpos realizados con hilos de seda, pluma de gallos de León y sus correspondientes brincas, pronto le llamaron la atención. Poco a poco aprendió a confeccionar las suyas propias.

Cada temporada acudía a comprar las moscas a un cura de León que se dedicaba a ello y además de adquirirlas

“me fijaba en cómo las hacía a mano. Poco a poco fue haciéndolas yo mismo de forma autodidacta recordando lo que había visto. Eso sí, aprovechaba los viajes a León para moverme en ambientes de pesca, conociendo a montadores artesanos a los que preguntaba una y vez. Así fue como entre el cura y otros montadores fui dándome cuenta de que, también, podía hacerlas yo”. Nadie le enseñó a confeccionarlas pero, fijándose, fijándose, enseguida dio con la manera de hacerlas, sino iguales, parecidas. La imitación se convirtió en pasión y casi en “vicio”. Así comenzó a ser JUAN CARLOS VELASCO artesano autodidacta de moscas y mosquitos para la pesca.

Cada pescador tiene predilección por algún tipo de mosca pero, éste vasco afincado en La Rioja, asegura no tener favoritas y eso que confecciona muchas, muchas al año.

Nos dice que “a la hora de pescar pongo lo que veo o intuyo en el río. Si cojo un mosquito, lo miro y remiro para buscar en mi caja y poner el más parecido. Incluso, si puedo lo guardo en una caja para después estudiarlo en casa”.

Su hijo continúa la saga familiar y, además de un buen pescador que compite federativamente, es un gran aficionado a la caza. Ya saben, “no hay pescador que no sea cazador y viceversa”.

Particularmente, me llamó la atención una de sus moscas: la saltona común, una de las clásicas leonesas para pescar en verano. Enamorado de las saltonas de Granizo y Cirolín  dos de los grandes montadores leoneses, cuando comprobé la singularidad de la suya con cuerpo amarillo en la parte superior en lugar de una carne creí que era por la zona de pesca, La Rioja pero no, también pesca en todas partes.

Se trata de una mosca que pesca todo el año, especialmente a partir de Mayo y hasta final de temporada.

Imita a dos moscas apareándose y suele dar muy buenos resultados “bailándola” sobre el agua.

En verano pesca durante todo el día y da grandes resultados al sereno.


JUAN CARLOS tiene sus singularidades a la hora de confeccionarla además del hilo verde amarillento o claro, seda utilizada por la mayoría de montadores, este vasco-riojano añade una brinca amarilla de hilo choricero para el cuerpo inferior y, curiosamente, para el cuerpo superior utiliza un sedón amarillo. La costera como casi todos artesanos con hilo torzal verde oliva. La pluma será flor de escoba para la parte inferior y pardo flor de escoba encendido para la superior.


A JUAN CARLOS VELASCO MARÍN desde que le conocí en Santa Marina del Rey en una competición oficial comencé a ponerle entre “mis amigos de la pesca” y aunque físicamente nos hemos visto poco, alguna vez en la Feria de La Vecilla de Curueño, empatizamos por medio de Internet manteniéndonos como amigos de facebook aunque últimamente no tengamos ni ese contacto. Lo que se suele

decir cuando se comparte mesa mantel y amigos es lógico tenerle en estima y más con esa cara de “bueno” que tiene y esa afición que nos une, LA PESCA.

Gracias y espero volver a verte cuando vuelvas por tierras leonesas sea en a Feria de La Vecilla o en la orilla del río junto a Carlos J. “pescate”, José Miguel Olmos, Manuel Blanco y cia.

Gracias.


viernes, 28 de agosto de 2026

Mis amigos de la pesca: MANUEL MONTES HERNÁNDEZ, pescador canario...



MANUEL MONTES HERNÁNDEZ
, pescador canario de agua dulce a cola de rata y que estará pescando en el cielo (DEP)

 

Texto y fotos: Eduardo García Carmona

 

Le conocí en Las Palmas de Gran Canaria y fue con éste isleño, profesor de arte y ceramista, con quien tuve el placer de conocer algunas de las más 150 presas que existen en Gran Canaria, presas nacidas “al amparo de la cultura del agua” que tiene este pueblo necesitado del líquido elemento imprescindible para la vida.

MANUEL MONTES HERNÁNDEZ, que falleció en 2021 era amigo, entre otros, de Isidro Sosa, a quien hemos dedicado uno de nuestros artículos. 

Isidro Sosa y Manuel Montes
Fue Isidro quien nos puso en contacto para que le pudiese aconsejar sobre la pesca a mosca seca de la que este “canarito” era un fanático. Los pocos

conocimientos que había adquirido en este arte de pesca, lo asimiló leyendo revistas especializadas. Fue un auténtico autodidacta
hasta que me conoció y le pude dar unas pequeñas clases de lance en la orilla de la presa de Las Niñas. El material que poseía estaba poco actualizado. Como pude, le fui mostrando los conocimientos del arte del sedal pesado que me había llevado desde  la península a las islas.

Poco a poco fuimos empatizando y saliendo a pescar por todas las presas de la montaña central de Gran Canaria, especialmente a Chira y Las Niñas que nos quedaban más próximas de la capital y más cómodas para pescar.

Fueron jornadas impresionantes donde adquirí mucha cultura isleña.

Me presentó a muchos de sus conocidos y amigos que, aunque no fuesen pescadores de agua dulce, nos mostraron las mejores zonas para transitar por las orillas de los pequeños embalses, algunos complicados para sortear dificultades de orilla.

Llegamos a dormir en cuevas guanches adaptadas por los isleños que las tienen como “auténticas joyas”. Cuevas antiguas adaptadas al día de hoy. En algunas de ellas, con electricidad y agua corriente, aunque parezca increíble. Las cuevas estaban escavadas en plena roca y preparadas con pequeñas o grandes entradas, dependiendo de la situación,  con salón y una, dos y hasta tres habitaciones. Todo, todo con un blanco resplandeciente gracias a la cal con la que pintaban fachadas  y estancias. Una pasada.

Allí, por aquellas zonas de la montaña Canaria, en CERCADOS DE ARAÑA, pueblecito próximo a la presa de Chira, conocí con Manuel Montes y el buen yantar de los isleños. Saboree sus ricos manjares y nunca podré decir nada
contra sus excelentes quesos, pescados, salsas y trato exquisito que me llegaba a hacer sentir “como un dios para ellos” o, al menos así me parecía. Conocí sus costumbres, su idiosincrasia, sus bondades y cultura. Lo poco que tenían lo compartían.

Cada vez que volvía a la península por motivos de trabajo, presentaciones de libros o participación en conferencias o mesas redondas, me encargaba de llenar una maleta con productos de León. El chorizo de Geras les entusiasmaba y es que en nada se parece al de Teror, localidad donde está la iglesia de La Virgen de Pino y que es más una sobrasada que verdaderamente chorizo, aunque así se conoce. Cuando probaron el chorizo de León quedaron tan “flipados” como yo cuando probé el “queso de flor”, un queso de oveja al que curan con un cardo dentro.

Esto en lugar de “mis amigos de la pesca” parece un reportaje gastronómico, ¿verdad?

Con los poppers de mi propia cosecha y otros que me había regalado Paco Redondo, pescábamos a la caída de la tarde casi a diario. Vaya vicio cogí y, es que la pesca del Black Bass es algo que no conocía. Tuvo que ser en Gran Canaria donde la practiqué por primera vez y, la verdad, es que me impresionó la forma de tomar este pez los señuelos, los tirones que daban y la fuerza con la que arremetían. Una pasada.

Un día, hablando por teléfono con mi amigo, EDUARDO FONTELA, el creador de las cucharillas EDU, “tan únicas como la gaita gallega”, me dijo que estaba preparando unas cucharillas en el taller, con doble pala. Eran para pescan en el río las truchas pero, cuando las recibí

en Las Palmas, lo primero que hice fue ir la presa de Chira con MANUEL y probarlas en plena mañana, lanzando muy cerca de la orilla. El resultado fue sensacional. Pese a tener anzuelo sencillo y sin muerte, prácticamente no se escapaba ni un solo Bass, llegando a sacar unos cincuenta en poco tiempo. Manolo no daba crédito a la que estaba ocurriendo con  aquellas EDU de doble pala.

No se trataba de pescar cantidad porque todos

los peces eran devueltos al agua con vida así que, mí estimado MANUEL MONTES HERNÁNDEZ, prefirió volver a la cola de rata rústica que poseía. Desde la península le hice llegar una cola de plástico en condiciones. Fue un gran regalo que agradeció.

Fueron muchas jornadas de pesca juntos y pese a sus problemas respiratorios que los tenía y hacían fatigarse demasiado, nos dimos muy buenas “zurras” por las orillas de las presas sorteando dificultades y disfrutando de la naturaleza canaria.


Manuel Montes
tenía muchas ganas de conocer los ríos de León y la pesca de la trucha y un año se vino de vacaciones conmigo sólo para pescar y conocer Asturias y, especialmente León.

En León se alojó en el hotelito de Puente Villarente, en La Montaña y, gracias a Juan Carlos Méndez y Julián Gutiérrez, miembros del  C.D. de Pesca Porma,

Juan Carlos Méndez
pudo conocer los ríos más emblemáticos de la zona y practicar el arte de la seca. Menos mal que tanto Méndez como Julián supieron encarrilarle algo con sus enseñanzas en el lance del sedal pesado del que son maestros.

Volvió para Gran Canaria entusiasmado con los ríos leoneses y sus truchas que algunas sacó y buenas pero, sobre todo con los gallos de pluma de León. Tuvo la oportunidad de conocer nuestros gallos, únicos en el mundo, y quedó prendado de lo que vio en el corral de Tomás Gil, en su

casa de La Cándana de Curueño. Llevó plumas para confeccionar las moscas porque hasta le lie en Gran Canaria a adobarlas junto con un pescador Eslovaco, MARK SIDOR y amigo afincado en el Sur de Gran Canaria. Unos fenómenos como personas y compañeros de pesca que disfrutamos varias jornadas juntos por la presas.

Montes y Mak Sidor
Llegamos a crear un club de pesca de agua dulce en Canarias y, a punto estuvimos de crear una “escuela de pesca” en la estancia de Chira, pegadita a la presa y dependiente del Cabildo de Gran Canaria pero, “como las cosas de palacio, van despacio” yo, tuve que volver a la península y él se quedó para siempre en su tierra. Eso sí, también conoció los ríos de Asturias que le impresionaron tanto o más que los de León, especialmente el Cares.

Qué gran amante de la pesca eras amigo y que dolor sentí el día que me llegó la noticia de tu fallecimiento.

MONTES HERNANDEZ me hizo sentir la isla de Gran Canaria como si fuese mía. Con él conocí los parajes más maravillosos

entre montañas que nunca jamás creí que podrían existir en Las Palmas. Disfruté muchas jornadas de pesca en Chira y Las Niñas, especialmente, también en otros lugares paradisíacos de esas islas afortunadas.

Te fuiste sin meter ruido y sin comunicarme que te llamabas, MANUEL SIMÓN CLAUDIO MONTES HERNÁNDEZ, “Manolo Montes” para mí. Descansa en paz, amigo y espérame mucho tiempo allí donde estés. Seguro que te habrás llevado las cañas y moscas para continuar “pescando” y realizando esas obras maestras en barro que hacías en vida que por algo eras ceramista y profesor en escuelas de formación del gobierno de Canarias.

Gracias, Manolo, porque desde el primer momento en el que nos conocimos sabía que la sintonía era total. La pesca unió y nosotros, aunque te hayas ido, allá donde sea que estés, continuarás siendo mi amigo de la pesca y la vida y hasta compañero en la radio donde participamos en algunos programas en el sur de la isla canaria. Qué tiempos y momentos más maravillosos los que pasamos. Gracias, amigo.

Mis amigos de la pesca: LOS MÚSICOS TAMBIÉN PESCAN. Jornada en el pantano de Luna

Isidro, Manolo, Toño, Pedro y Gelo (Charuto) “un quinteto musical” pescando una caldereta de los pastores de Luna…   Texto y fotos: Edua...