JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ FERNÁNDEZ “Chema”, criador de gallos de pluma de León, adobador de moscas y enamorado de los mastines y además, futuro abuelito
Texto
y fotos: Eduardo García Carmona y Chema
El hijo del señor Aníbal, que decían en los pueblos, JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ FERNÁNDEZ “Chema” el de La Cándana de Curueño (León) es otro totalmente diferente al que conocí en los años 80.
Chema,
jubilado de su trabajo en Valsemana (León), finca perteneciente a la Junta de
Castilla y León centro dedicado a la recuperación de fauna, bien merecía
retirarse de la vida laboral activa después de 40 años cotizados.
A José María González desde niño además de ir a la escuela, atender y ayudar en casa realizando labores muy normales en los niños de su época como ir a los recados, cuidar el ganado y atender el corral, todavía tenía tiempo para dedicarse a la pesca. De aquella, me comenta, “ir al río era el juego diario de los niños del pueblo. Ahora lo tienen todo y cuando no los llevan a cursillos de todo tipo sólo juegan con el teléfono móvil o la tablet”. Qué razón tiene.
El
espíritu aventurero y las ganas de conseguir retos hicieron posible que aquel niño
que se divertía en la calle también tuviese otras inquietudes y la pesca en el
río era su pasión. Sólo tenía que cruzar la calle donde vivía y en pocos metros
estaba en el río Curueño.
JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ FERNÁNDEZ “Chema”, nació en La Cándana de Curueño en 1960. Con 7 años comenzó a pescar como una mayoría de los niños con los que jugaba y con un palo y un alfiler acudía a la orilla.
Su
padre, Aníbal, le aficionó a pescar con un varal enorme con el que casi no
podía. Él fue quien le metió el “gusanillo” definitivamente en el cuerpo.
Se fijaba en todo y viendo a los pescadores en el Curueño fue como comenzó a elucubrar como confeccionar moscas pelando los pocos gallos que tenía su madre en el corral para consumo familiar. Era la vida de entonces con la escasez que existía por los pueblos. En su casa se vivía de lo poco que producía la única vaca, algo de la tierra (huerta) y, aunque nunca
faltaba comida, tampoco era abundante. Había que estrujarse la cabeza e intentar medrar de alguna forma. La escuela no daba para más que “las cuatro reglas” y después a currar. Así fue como ayudando en casa comenzó a ayudar en la matanza y a realizar las corras de chorizo para ahumar, las costillas, el lomo, las caretas del cerdo. Todo se aprovechaba. Así se aficionó a las tradiciones del pueblo y a colaborar en todo.
Con la pluma de aquellos gallos del corral comenzó a hacer sus primeros pinitos en el montaje de moscas y a los 11 años por fin consiguió la primera trucha con una de sus moscas. Tenía un amigo, LORENZO, conocido por Cueto, con el que salía a diario al río. Hace pocas fechas que tuvo que despedirse de él yéndose al otro mundo. DEP.
Los animales y la naturaleza “le tiraban mucho” pero se tuvo que ir a la capital del viejo reino (León) para ganar “unas pelas” enviando parte para ayudar a sus padres. Así trabajo de camarero en un conocido bar cafetería, La Canasta. De allí a Barcelona porque al joven Chema no se le daba mal la profesión tras la barra o sirviendo cócteles que el mismo preparaba. En tierras catalanas duró tan poco como “un caramelo en la puerta de un colegio”. Lo suyo era el pueblo y la naturaleza y volvió a La Cándana de Curueño. Echaba en falta el campo, el río y el monte pero, especialmente a los animales del corral y los perros. Así fue como comenzó a criar mastines.
Las noches de verano se le hacían muy largas y comenzó a furtivear a la luz de la luna o amparándose en la oscuridad de las noches veraniegas mientras los demás dormían. No abusaba. Pescaba hasta conseguir las truchas que le encargaban y para alguna merienda con amigos. El dinero que sacaba lo entregaba a su madre aunque siempre se quedaba “algo” por el camino o gastos juveniles.
Recuerda la única denuncia que tuvo y no por pescar furtivo. Me cuenta que “un día pescaba el coto de El Condado en el río Porma un buen cliente de Madrid que le compraba pluma y como era de edad avanzada (80 años) decidió acompañarle para mostrarle las mejores zonas. Le montó la cuerda a la leonesa y le hizo un par de lances como demostración. Al poco apareció el guarda, Alberto, a lomos de su caballo cruzando el río y pidiendo la documentación. Chema no tenía el coto y el guarda como le había visto con la caña en la mano, aunque no en ese momento, le denunció. La multa cuando llegó a casa la abonó el pescador madrileño”.
Criar los gallos y vivir de la pluma que vendía a particulares y los montadores de moscas o armerías fue su negocio hasta darse cuenta que no necesitaba intermediarios haciendo de un rincón de su casa junto a la carretera general su “oficina” de negocio. Los clientes subían cada vez más y es que la calidad de la pluma de los gallos que tenía en el corral frente a su casa era muy buena gracias al trabajo diario de Chema y sus cuidados aunque, especialmente, gracias a la nieve, las heladas, el agua de la zona y el que los gallos viven en libertad en plena naturaleza. Ha conseguido recuperar pardos aconchados con bandas únicas de moteado circulares como conchas marinas y flor de escoba con penca gruesa que no se veían mucho. Consiguió buenos ejemplares de indio y comenzó a trabajar en ellos sacando líneas próximas a los indios plateados, salvando las distancias, y excelentes indios acerados en sus diversas tonalidades.
La calidad de la pluma de los gallos de Chema le dio fama en todo el mundo y no escamoteó esfuerzos por conseguir variedades casi perdidas. Así aumentó su negocio dedicando casi por entero al corral que tenía frente a su casa y que cuidaba con mucho mimo y cariño sus mastines. Dándose cuenta que su pasión por esta raza tan leonesa también podría ser un buen negocio se dedicó a ella. A la larga fue otra forma de ayudar a la economía de la casa. Se presentó a varios concursos provinciales y de la comunidad autónoma consiguiendo varios premios. Curioso, a todos sus perros les ponía nombres de ríos de León y Asturias (Esla, Porma, Curueño, Narcea, Sella).
José María González comenzó a salir de León llevando la calidad de las plumas de sus gallos por diferentes ferias del norte de España. Se hizo un hueco importante en la Feria del Salmón de Cornellana donde lleva muchos años acudiendo. Desde que se jubiló es su compañera, ELENA TASCÓN ESCAPA, de Sopeña de Curueño, la que ha “heredado” parte de su población de gallos y los cuida en su propia finca en dicha localidad leonesa junto al río. Desde que Elena se está dedicando por entero a la cría de gallos de pluma para la pesca su negocio, PLUMASTIN, ha crecido tanto que ha dejado “en el olvido” a Chema. Elena tiene cuatro veces más clientes que Chema. Quién lo diría en tan escaso periodo de tiempo. Ella es el “alma mater” del negocio actual desbancando a su compañero.
Chema continúa con algunos gallos para pasar el tiempo en La Cándana pero, sobre todo, dedicándose a la cría de los mastines.
Sale a diario a “darle al pedal” con su bicicleta recorriendo caminos por el monte y observando la naturaleza que es lo suyo y, además de pescar en los ríos leoneses acude
a tierras asturianas a pescar reos y salmones, aunque cada vez hay menos. “Esto se nos acaba, Eduardo, porque cuando no es la contaminación son las enfermedades, el furtiveo, cormorán y el negocio que supone la venta del salmón”.
A causa de la disminución de la pesca del salmón en Asturias ha buscado otros lugares donde acudir. A estado en Islandia pero opina que no merece la pena pagar tanto dinero para sacar unos peces, cuando se consiguen sacar que tampoco es tan fácil como muchos opinan, “sobre, todo dice, si pescas a mosca porque es muy complicado con aquellos ríos y la climatología adversa que domina mayormente con fuertes vientos”. “Mimando lo que aún tenemos en Asturias el salmón se podría recuperar si es que les dejan dar la vuelta cuando salen a alta mar. La pesca sin muerte puede ser una solución pero faltarían muchas acciones más”.
JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ FERNÁNDEZ “Chema” vive una cómoda vida con la jubilación y se encuentra a la “espera de que una de sus hijas, de las dos que tiene, la que vive y trabaja en Gran Canaria, en Las Palmas, le haga ABUELO. De momento, la que vive en La Vecilla, no. O sea en pocos días Chema se convertirá en “EL ABUELO CHEMA”.
Particularmente
le he dado algún consejo como “triabuelo” que soy porque se “le va a caer la
baba”.
Gracias Chema y que esa vida de tranquilidad que te has ganado con el esfuerzo de años sean de verdadero júbilo que es el significado real de la jubilación.
Por cierto, nos veamos mucho o poco siempre serás “uno de mis amigos de la pesca”, aquel que me hacía “un mosquito especial” que pescaba al sereno como pocos y eso que era feo, con brinca azul con mezcla de pluma indio y pardo sarrioso oscuro que
pescaba hasta viéndose sólo el anzuelo con “unos hilines de seda” en el cuerpo totalmente destrozado. Vamos, como El Cid Campeador “ganando batallas cuando estaba muerto sobre el caballo”.

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