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viernes, 18 de septiembre de 2026

Mis amigos de la pesca: Pescando el calamar sahariano con dos "canarios"...



ARCADIO BADÉL BENITEZ ARMAS Y DANIEL GONZÁLEZ ARMAS PESCADORES CANARIOS...

Pescando el calamar sahariano en aguas de Agaete (Gran Canaria)

 

Texto y fotos: Eduardo García Carmona

 

Reconozco ser un buen “predador” de calamares fritos como una gran mayoría de españoles. Me encantan en su tinta, rellenos, a la romana…de cualquier manera, pero pescarlos, pescarlos, en mi vida lo había intentado.


Como alguna vez tenía que ser la primera, mis amigos de Agaete (Gran Canaria), ARCADIO BADÉL BENITEZ ARMAS Y DANIEL GONZÁLEZ ARMAS, por fin me dieron el visto bueno para asignarme plaza en su falúa “Brisa del mar”, un barco de faenar en costa que maneja con destreza el primero.

Agaete, es un pueblo marinero que se encuentra al norte de la isla de Gran Canaria. Confieso estar totalmente enamorado de este lugar porque, salvando las distancias, me recuerda a una villa de la costa asturiana de donde es natural mi esposa: Bañugues al lado de Luanco. Si Agaete dispusiera de “sidrina” en sus muchos bares y restaurantes alrededor de la playa y el puerto pesquero, habría que cambiarle el nombre o hacerle “hijo adoptivo” del municipio de Gozón o viceversa.
Arcadio Badel hijo

Con estos prolegómenos comenzamos la aventura.

Quedamos en salir del puerto a última hora de la tarde, a la caída del sol.

En el “Brisa del mar” fuimos colocando todos los artilugios y material imprescindible para la jornada de pesca.

La mar, a mí me encante el femenino, estaba tan hermosa como una “Xana”. Ni olas había. Aquello parecía un “plato”. No se movía ni un halo de aire, ni un brisilla, aunque el ambiente tampoco era de calor sofocante. Más o menos, la temperatura de todos los días, 25º.

Tras las primeras maniobras para salir del atraque portuario, en el pantalán, observamos que las personas continúan en la playa aprovechando hasta el último rayo de sol.

Daniel G. Armas

En la punta del faro del puerto de Agaete, aficionados a la pesca intentan sacar algún pez que llevarse a casa y en lontananza el sol más tímido y hermoso que nunca he visto se está poniendo. No, no pretende irse hasta la mañana siguiente sin dejar su impronta. La belleza es total como la delicadeza con que sus rayos se desparraman sobre el agua parada, casi “mortecina”.
Nos alejamos del puerto y nos adentramos mar adentro pero no demasiado: milla y media. De la costa estaremos sobre media milla de distancia.

El lugar elegido por Arcadio y Daniel está situado frente al “Barranco de La Palma”. Así lo conocen los pescadores y lugareños de Agaete.

Nos acompañan las “pardelas cenicienta”, ave muy querida por los pescadores y en general por todo el pueblo canario, especie que se encuentra protegida a nivel nacional por estar en vías de extinción. En algunas islas del archipiélago Canario se comprueba una persecución y caza a manos de algunos desaprensivos que sólo quieren traficar con su carne, muy codiciada en restauración, especialmente la de las crías. Esto está haciendo peligrar la especie.
Con las “pardelas cenicienta” sobrevolando alrededor soltamos el ancla para que la embarcación no nos lleve en deriva hasta la costa o donde las corrientes quieran.

Se preparan las cañas para unos. Yo prefiero pescar el calamar como lo hacen los pescadores tradicionales, a mano.

Con hilo del 35 y un artilugio rudimentario donde se enrolla el sedal, coloco dos esmerillones a una distancia de unos 70 u 80 centímetros en los que se ponen las “poteras”. ARCADIO Y DANIEL hacen lo propio con las cañas de pescar cortas, tipo cucharilla en río, y comienza “la fiesta”.
Todavía no ha oscurecido y la paz y tranquilidad es total. Otras tres embarcaciones se otean desde el “Brisa del mar”. Dos están próximas a la costa la otra a nuestra altura, pero a distancia prudencial para no molestarnos.
Comenzamos a lanzar las poteras. Hay que dejarlas bajar perpendiculares al barco, hasta que toquen fondo. Tardan en llegar al fondo y por el hilo sacado, parece más profundidad de la que Badél esperaba de unos 40 metros. Sigo las instrucciones de los dos expertos y comienzo cada poco tiempo a tirar del sedal hacia arriba y vuelvo a dejar bajar las poteras. Son tirones para llamar la atención del calamar con las poteras que simulan gambas, peces, etc.
Habré dado, por lo menos, cien tirones y nada de nada. Ellos, igual que yo. Ya no tenemos luz natural y hay que hacer un receso para arrancar el motor que nos permitirá tener luz artificial con focos potentes dirigidos hacia el agua del mar.

ARCADIO asegura que a partir de ahora será distinto: “el calamar se dirigirá a la luz, atraído por ella y será cuando comencemos a pescar”.

Ni contigo, ni sin ti. Llevamos cerca de dos horas y una de dos: o los calamares saharianos son muy listos o nosotros no sabemos pescarlos. De mí no tenía duda, respecto al segundo tema pues era la primera vez que acudía a pescar calamares, aunque de ellos no tenía duda ya que son profesionales y viven de la pesca en el mar.

La única alegría, y ciertamente la mejor de la jornada, es ver en la oscuridad de la noche y acercándose a la zona del foco donde alumbra el agua desde la barca, un ejército de caballas. Era un espectáculo ver el mar repleto de pulgas marinas, también. Reconozco que no sabía que se llamaban así. Son unos bichitos diminutos, de color anaranjado, que según los expertos son un manjar para muchos peces, especialmente para las caballas. Creo que a cada pulga sobre el agua, le correspondía una caballa. Nunca había visto tantas pululando en el agua subiendo a comerse las pulgas, saltando. Se estaban dando un festín. La imagen que ha quedado en mí retina es para no olvidar jamás. El ser o no ser. La vida y la muerte. Es la ley de la naturaleza, con la que se mantiene un equilibrio entre las especies.

De repente, ante mi desesperación con tanto “tira y afloja del sedal” y no sentir nada, Arcadio me dice: esto es así. Hay días que llegas y no paras de coger calamares. Otros, te vas sin nada. No es la primera vez. El mar es así. Yo he tenido días de coger 30 kilos de calamares en pocas horas y otros de nada, pero hay que insistir”.

Dicho y hecho. Como por arte de magia, Arcadio Badél ya tiene su primer calamar enganchado a la potera de su caña y grita: “prepara la cámara fotográfica, Eduardo”.

Con los nervios a flor de piel, dejo mi artilugio enganchado a un saliente del barco, cojo la cámara y me dedico a inmortalizar la captura.

Un chorro de líquido salta hacia un lado. Es la tinta de calamar. Menos mal que no ha encontrado el destino de mi cámara y  ninguno de nosotros, sino saldríamos pintados de negro. No es la única prevención a la hora de pescar calamares. Otra, es que cuando se note que el calamar ha atrapado la potera, no hay que dejar de subir el sedal sin parar ni un instante porque, de lo contrario, la pieza se desengancharía. La potera sólo tiene alfileres o anzuelos, pero sin arponcillo o muerte.

El cefalópodo es hermoso. Parece transparente. Por instantes cambia de color. Ahora es rosáceo y con pintas que parecen fluorescentes. Una preciosidad.

Y después de la primera captura, continúa la pesca.

Animado por el acontecimiento, mi brazo se hace más ágil. Debo llevar más de mil tirones pero los calamares no quieren saber nada de mis poteras. Me consuelo porque Daniel tampoco ha conseguido nada.

¡Otro, otro…! Es la voz de Badél, otra vez.

El segundo calamar llega a bordo. Es algo más pequeño, aunque igual de hermoso, casi transparente.

Daniel también exclama: ¡“tengo otro…”!

Me dedico a hacer el reportaje fotográfico. La pieza de Daniel es la mayor. Se trata de un hermoso calamar de más de 500 gramos.

Inmortalizado el animal, vuelvo a la tarea de intentar conseguir mi primer “sahariano”. Ni sahariano, ni nada. Llevo dos mil, dos mil quinientos movimientos de brazo, hacia arriba y hacia abajo y ellos sacan pero yo no.

Por fin noto un tirón y comienzo a recoger…¡adiós! El calamar o lo que fuese no quiso seguir enganchado a la potera. Digo lo que fuese, porque cuando termino de subir las poteras, solo había una. La otra desapareció con la mitad del esmerillón. La otra mitad, continuaba en la cuerda. ¿Qué sería? A mi pregunta contestaron ambos que algo mucho mayor que un calamar, seguro que un pez y de buen tamaño” apuntó Daniel.

Fuese lo que fuese, la emoción me embargó por momentos y el sedal recorriendo el pliegue de mi dedo índice, me devolvió a la realidad. El hilo se me estaba incrustando en la piel y hacía daño.

Y así escribo esta historia que es lo mío porque pescar lo que es un calamar, “ni chicha ni limoná.

Otra de las sorpresas lindas de la jornada fue comprobar como un pequeño calamar de no más de 3 centímetros, subió a superficie mezclándose con las pulgas marinas. A la voz de Daniel: “mira, mira, ¿qué es eso?”, Badél suelta la caña, se agacha y mete la mano en el agua, atrapando un pequeño calamar. Increíble. Creí que se iba por la borda.

La cría de calamar era una auténtica delicia para la vista. Su color rosáceo, se convertía en blanco y transparente, por momentos. Una vez fotografiado lo devolvimos a la mar.

El calamar sahariano es de los cefalópodos más apreciados por su exquisitez en la cocina. Es el mejor pagado en la lonja, el más tierno, más dulce y el que los japoneses, especialmente, persiguen hasta conseguir llevárselo a sus hogares. Por eso es tan difícil conseguirlo en el mercado normal.

Y así, entre el mal sabor de boca de uno y la felicidad de otros, el “Brisa del mar” pone rumbo al puerto de Agaete en la oscuridad de la noche. ¡Qué sentido de la orientación tiene el patrón para llegar a puerto! Menos mal que no tenía que llevar el timón, si no les doy la vuelta a la isla.

Gracias, ARCADIO BADÉL BENITEZ ARMAS Y DANIEL GONZÁLEZ ARMAS por haberme invitado a disfrutar como pocas veces lo había hecho en mi vida y, por derecho propio habéis entrado a formar parte de “mis amigos de la pesca”. Ojalá en algún momento podamos volver a salir en busca del calamar sahariano pero estando vosotros allí y yo por Asturias como no sea de vacaciones mal lo tenemos.


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