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lunes, 15 de diciembre de 2025

MIRTA Y AMADOR cierran LA VENTA DE GETINO en León junto al río Torío...



LA VENTA DE GETINO CIERRA
después de dar de comer durante más de 150 años…

La cuarta generación de la familia González Díez, Mirta y Amador sus actuales propietarios, se jubilan

 

Texto y fotos: Eduardo García Carmona

 


Cuando pescamos el coto de Felmín, en el río Torío (León) aparcamos bajo el ciruelo existente frente a La Venta de Getino “Casa Amador” con las aguas termales a sus pies aguas excelentes para las afecciones de reúma. Después de la jornada de pesca volvemos al mismo lugar para

comer ese cordero al horno que se degusta en este lugar único de Los Arguellos leoneses, aunque en sus años, ADONINA GONZÁLEZ DÍEZ “Dona”, madre de Amador, que por ese diminutivo la conocían sus más allegados y clientes, alma de los fogones en La Venta, siempre te recibía con una tortilla recién hecha y te ofrecía su plato casero de patatas con carne que resucitaban el cuerpo “roto” después de una jornada de pesca en el acotado.


En Getino, primero desapareció La Venta de La Herrera, donde nació el guarda del coto de El Castillo, Paulino Gutiérrez, recientemente fallecido. Ahora toca turno a la popularmente conocida como Venta de Getino o Casa Amador, aunque quien la trabaja “culinariamente” es Mirta la esposa de Carlos González, el hijo de Amador y Adonina, Dona (Dep).

Carlos y Mirta forman la cuarta generación de aquella familia González Díez que inició su trabajo en La Venta.


Tras la pandemia del coronavirus, parecía que no se volvería a abrir este negocio familiar situado a pie de carretera. Hubo otra ocasión parecida en la a punto estuvo del cierre, fueron “vacaciones obligadas” y fue por una enfermedad.

Ahora sí SE CERRARÁ La Venta de Getino “Casa Amador” porque Mirta y Amador SE JUBILAN. Lo que será para júbilo del matrimonio, para nosotros, sus clientes, es “una pena” porque no volveremos a ver a Mirta


toda desaliñada con su ropa entre juvenil y clásica, con su sonrisa singular en el rostro, rostro curtido en sus “mil y un días” de trabajo entre fogones de leña, a la antigua usanza y  rostro sacrificado por días de trabajo en La Venta y en el campo y eso quema mucho. Lo peor

es que no volveremos a saborear los guisos de siempre, con sus platos de cuchara como las verdinas con almejas, garbanzos con langostinos, arroz, judías, ensaladilla rusa o una simple sopa que sabían a comida familiar. Tampoco el cordero mayor preparado al horno como pocos lo saben realizar, las patas de cerdo, el rabo de toro. ¿Y los postres qué? Postres caseros como la tarta de manzana, tocinillo de cielo y su famosa tarta de queso. Todo, todo casero.


Nuestro estómago se quedará “viudo” de suculentos manjares culinarios realizados con mimo para sus clientes de fin de semana, especialmente, que abarrotaban el pequeño comedor de la venta y el exterior construido años después. Ya no podremos tomarnos un vino, cerveza, sidrina o un simple café en

su terraza única a pie de carretera y después de cruzar las Hoces de Vegacercera, por un lado, o bajando desde la collada de Cármenes, por el otro, dejando el pico Fontún con casi 2.000 metros de altura a un lado.

El ambiente de Casa Amador o La Venta de Getino era tan familiar y con un comedor único en su parte antigua que, más bien parecía que estabas comiendo en su casa invitado.


El comedor no era grande pero sí entrañablemente familiar por eso mis amigos y yo gustábamos de comer dentro de la casa antigua, no en la zona o comedor nuevo.

Mirta es  el alma de la Venta de Getino y aunque se cierre, en nuestras retinas y estómagos estará siempre presente.


Carlos
, su esposo, se encargaba de atender el bar y disponer sobre las mesas el correspondiente servicio. Mirta, se encargaba de todo lo demás, salvo cuando tiene ayuda extra o externa, especialmente en verano, porque el negocio se llenaba y había hasta cola para poder comer.

Nunca han tenido carta para los comensales. Se come lo que haya en el mercado. Todo lo que se ofrecía comer, estaba hecho con ingredientes frescos y de temporada, cocinados como los hacían nuestras abuelas, en fogones de carbón y es que Mirta es una auténtica “guisandera” de las de antes.


Carlos y Mirta
se conocieron de muy jóvenes. Carlos cuidaba el ganado familiar y a Mirta ya la conocía pero,  en 1981 entró a trabajar en La Venta, con 19 años y el negocio familiar que nació como “venta de arrieros” en su tránsito hacia Asturias y otras zonas de Los Arguellos, con muchos clientes mineros procedentes de la zona de Matallana de Torío, especialmente, se convirtió en el negocio familiar que pocos esperaban que funcionaría como lo hizo, pasando de vender vino en la barra y algunas tapas y bocadillos de tortilla en la propia estancia del bar, a tener que acondicionar la zona aledaña de la casa para convertirla en comedor.


Así es la vida y aquella venta que conocimos mi compañero, Ismael José Rodríguez y yo, en los años 70, se convirtió en algo más y mejor.

Con qué pena escribo este artículo amigos de Pescarmona porque voy a echar mucho en falta mis paradas en La Venta de Getino Casa Amador cada temporada de pesca cuando me acerque al río Torío Al coto de Felmín para practicar parte de lo que más quiero en la vida, PESCAR. Ya no será igual, seguro aunque lo vuelvan a abrir otros propietarios, si es que lo abren. Ya no veré salir el humo de la chimenea, incluso en verano, ni corretear de un lado a otro de la estancia a la singular Mirta.



Que os vaya lindo en la jubilación y que disfrutéis todo que podáis y eso que la exclusiva del cierre se la habéis dado a mi estimado “Tio Ful”, aunque Mirta había quedado en avisarme vía teléfono cuando hace unos 15 días hablé con ella.


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