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sábado, 3 de enero de 2026

Mis amigos de la pesca: TOMÁS GRANIZO FERNANDEZ, maestro de la pesca a mosca de la piedra...



TOMÁS GRANIZO FERNANDEZ
, maestro de la pesca a mosca de mayo o mosca de la piedra y en la confección de la saltona común

Bernardo Alonso y Mundo “el andarríos” fueron sus maestros

 

Texto y fotos: Eduardo García Carmona

 

La fama se gana a base de trabajo no por conformismo y TOMÁS


GRANIZO FERNÁNDEZ
es un maestro de la pesca en todas las modalidades destacando, especialmente, a “mosca de mayo o mosca de la piedra”. Cogía los insectos a pie de río en las hierbas frescas al amanecer o al atardecer. Así lo pude comprobar en una jornada de pesca a su lado hace 50 años. Llevaba un canuto de caña de bambú con pequeños orificios y un tapón de corcho en la parte superior por donde introducía las moscas según las iba recogiendo de la naturaleza. Aquello, para mí, fue una grata sorpresa pero poco comparado con lo que les voy a relatar.

TOMÁS GRANIZO FERNANDEZ, nació en Benavides de Órbigo (León) hace 87 años (1938), ya llovió.

Es una persona singular, campechana y claro como el agua. “Sin pelos en la lengua” tiene como norte a la familia y la amistad pero, “entre ceja y ceja” el río.

A Tomás le conocí sentado en la primera mesa del bar Granizo en Benavides de Órbigo. Aún le recuerdo como si fuese hoy. Tras la puerta de entrada del bar se encontraba la mesa donde, junto a la ventana, tenía los trastos de montaje de mosca: anzuelos, hilos, brincas y plumas de gallo de León del que siempre


habla maravillas reconociendo que es “una de las grandes riquezas” de esta tierra leonesa maltratada y olvidada por los políticos, a los que urge una reacción en favor del GALLO DE LEÓN por lo que significa y por ser “algo único”. En la mesa y de entrada un lado tenía un plato de cocina blanco donde por el borde colocaba pequeños montoncitos de pelos de pluma mojados con saliva alineados por montones de diferentes colores y brincas. Eran las plumas de los gallos preparadas para colocar en los cuerpos de las moscas ya confeccionados con un torno manual. Así era “la fábrica de moscas de pesca en serie” de Tomás Granizo.


Le conocían no sólo en León, casi me atrevo a decir que en todo el mundo porque sus saltonas, especialmente la común, tenía su propio nombre y no había otra igual. Era la saltona de Granizo. Efectivamente, había otras como la de Majo o Canina pero las de Granizo eran “las suyas”. Tenían algo especial.

Tomás antes de montador de moscas para la pesca fue pescador como la gran mayoría de los niños de la época. Con algo había que jugar y pasar el tiempo, aunque su madre cada vez que el niño llegaba a casa con truchas se enfadaba por el peligro que tenía el río Órbigo. También se sentía orgullosa.

Por entonces Tomás vivía con su padres en Veguellina de Órbigo. Sus padres regentaban un bar cerca de la estación del ferrocarril. Allí conoció a grandes prebostes de la pesca y el montaje de artificiales, caso de Bernardo Alonso, gran montador leonés, y Mundo “el andarríos”, que así le conocían. Ellos fueron parte de la causa de que Granizo comenzase a aficionarse a pescar cada vez más y emularles.


Lo que en principio era una vara para pescar con bramante, después se convirtió en la primera caña “de verdad” con “tanza” y sin carrete. Más adelante llegó su primer carrete de pesca pero ya por entonces era un especialista en pescar a cebo. Más tarde, la mosca de mayo o mosca de la piedra pero para eso pasaron unos años más, no muchos.

Se fue curtiendo en el montaje de moscas gracias a las lecciones de Bernardo Alonso e hizo “carrera” como gran especialista en ahogadas, aunque terminó montando todo tipo de moscas. Llegaron a tener tanta fama sus imitaciones que “no daba abasto” en surtir a las personas que se las encargaban. Nunca vendió a tiendas o armerías, sólo a amigos y conocidos pero, la fama le llegó tan rápido que tuvo que “echar mano” de su primo Pepín y de Ángel Carbajo. Ellos montaban los cuerpos en serie y Granizo ponía las plumas a las saltonas, especialmente.


Era una entrada extra para la economía familiar, como lo fue la venta de truchas. Muchas vendió Tomás, aunque muchas más pescó. La frase, “si las pusiera una detrás de otra, llegarían hasta Madrid”, me comenta.

Lo más curioso es que nunca le denunciaron.

La mosca de mayo, según Granizo, es el arte de pescar más bonito que ha conocido, difícil y fácil a la vez pero, para ello hay que estar muy centrado y pendiente de todo lo que ocurre en el río. Tomás me dice, “cuando presentas la mosca de mayo en el río, la rapidez es lo que prima. Después, disfrutas como nunca. El hachazo cuando la trucha sube a comerla es tremendo. Los tirones son tan fuertes y los saltos que dan al subir son increíbles. Se parece mucho a la pesca del reo”.

Precisamente fue un gran pescador asturiano, Miguel Ángel Magadán quien le instruyó para pescar a “formiga alada”, aplicándola en los ríos de León como el Órbigo, Omañón y Omaña. Esta es una pesca total y hermosa, también.

En un riachuelo que baja del Valle Gordo, por Fasgar, para dejar sus aguas al Omaña, con tan sólo un palmo de agua, sacó un ejemplar de un kilo, “no se me olvidan los colores rojos de las pintas y lo grandes que eran. Era increíble sacar esa trucha en un palmo de agua”.

TOMÁS GRANIZO FERNÁNDEZ, también fue pescador de competición llegando a ser subcampeón de España, en Pontevedra. “Me robaron el primer puesto haciendo trampas para un gallego que jugaba en casa”. Así y todo se proclamó subcampeón de España y campeones por equipos con León.

Pescaba a cucharilla y mosquito ahogado y aunque entonces, Victoriano Cuervo “El Turra” era el mejor a cucharilla, Tomás no le andaba a la zaga quedando en ocasiones por delante del de Astorga.

Anécdotas tiene cientos y aquí les contaré un par de ellas.

Victoriano Cuervo El Turra
Me cuenta Granizo que, “un día llegó de vacaciones a Benavides un escritor madrileño que venía con un amigo mío y quería salir a pescar. No quiso darme el nombre. “Eso sí, me regaló su libro dedicado especialmente.

Le llevé a pescar al río Omaña. Le dejé en una de las mejores zonas y le enseñé lo que quería: pescar a mosca de mayo. Lo primero, a colocar la mosca viva en el anzuelo y como tenía que hacer el lance y le dejé sólo y me fui a pescar un poco más abajo. Después de un buen rato volví para saber cómo le había ido. Tenía una trucha en la cesta. Me preguntó qué tal yo y le dije que abriese la cesta. Quedó asustado al verla llena de truchas, con ejemplares de casi el kilo. Le regalé la pescata y marchó más contento que un niño de estreno”.

Con 87 años, Tomás Granizo, continúa saliendo a diario al río a pasear y así se conserva. Es un observador y por ello me comenta que después de muchos años al Órbigo han vuelto “la palometas” una mosca que casi había desaparecido.

La Guardia Civil, en dos ocasiones, le dio el alto en el río con la intención de denunciarle pero nunca lo consiguieron, “porque no quisieron”, dice riéndose.

“En Vegas el Condado, río Porma, en el tramo libre, oigo silbidos cerca y como les había visto desde hacía rato, disimulé todo lo que pude hasta que se me echaron encima. ¡Hombre, no se está dando cuenta de que le estamos llamando!

Pues no, les dijo. Creí que estaban silbando a algún perro y por eso no les hice caso. Le solicitaron la licencia y que vaciase la cesta en la pradera junto al río. El guardia civil más joven que vio aquellas truchas enormes llamó al compañero y le dijo: esto es un pescador de verdad. Truchas enormes y en mayor número de lo permitido pero ni una pequeña. No me denunciaron y encima me dejaron pescando un rato más. Por cierto, les quise regalar las truchas y no las quisieron”.

“En otra ocasión en Villafeliz de Babia, había salido a pescar de madrugada, casi de noche, y de vuelta al coche cuando estaba guardando la cesta, llegó una pareja de la Guardia Civil. Un cabo y un número. Me dije para mí mismo: ya me pillaron. Me pidieron la licencia y me preguntaron si comenzaba a pescar. Les dije que sí, que en minutos saldría al río. Como vieron que la caña estaba plegada., ni me miraron la cesta y me desearon buena jornada y se fueron. Ese fue el día que creí sería la primera denuncia pero, tampoco…

Lo dicho, a TOMÁS GRANIZO nunca le denunciaron y mira que pescó y vendió truchas. Eran otros tiempos claro.

Por cierto, en el antiguo bar de Granizo, en Benavides de Órbigo además de comer unos huevos con bacalao y tomate en cazuela de barro siempre que acudía a pescar o a verle, en una ocasión que fui a grabar un programa para Televisión de León, la cadena local con la que colaboré, nos ofreció al cámara y a mí, una comida exquisita que nunca había probado. 

Ni se imaginan que podía ser. Sencillamente, unos LOMOS DE LUCIO, blancos como la leche, preparados por él a la vinagreta.
Ha sido uno de los manjares más exquisitos que comí en mi vida. Eso sí, los lomos desechos o migados, no tenían ni una espina. Menudo salpicón. El lucio es un pez lleno de espinas y quizás por eso despreciado en la gastronomía española, no así en la francesa donde es muy apreciado.

Esta es parte de “la historia” que me ha contado este buen amigo de pesca que me impresionó cuando le conocí y más ahora porque, a sus años, nació en 1938, continúa siendo un “chavalín”.

Gracias TOMÁS GRANIZO FERNÁNDEZ porque por derecho propio formas parte de mis amigos de la pesca. Eres grande, muy grande e historia para generaciones venideras.

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